Si se hace un recorrido por las habitaciones de los adolescentes del siglo XXI, de inmediato notaremos una diferencia con los muchachos que crecieron a finales del siglo XX: el televisor perdió la posición de privilegio y ahora comparte (¿compite?) con la computadora.
En este detalle cotidiano, podemos ver un cambio, que va más allá de la distribución en los cuartos de los muchachos, implica, más bien, un cambio en la conducta, una modificación en sus actividades e incluso formas de relacionarse con sus pares, de establecer vínculos, amistades, conversaciones y por supuesto, maneras de leer.
Sus formas de comunicación variaron, como sucedió con otros sectores de la población a raíz del desarrollo de la Internet. La comunicación digital como los mensajes instantáneos, correo electrónico, mensajes de textos y redes sociales se volvieron parte de la cotidianidad de los adolescentes actuales.
Como es lógico, estos jóvenes se socializaron culturalmente bajo la influencia de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Aprendieron diferente, son “nativos digitales”, de los cuales Prensky (2001) afirma: “…activos, conectados, acostumbrados a la velocidad del tic, la multitarea, el acceso aleatorio, los gráficos en primera instancia, a la diversión, la fantasía, el mundo de recompensas inmediatas de sus videojuegos, la MTV e Internet…” (p.5)
Les resulta sumamente sencillo leer imágenes, video, música, poco texto y a comunicarse de manera inmediata, por lo general con sus pares pero también con sus padres. Consumen parte importante de su tiempo frente a la computadora, con los videojuegos, chat, redes sociales, ven televisión y leen pero muy poco.
Gallardo (2008) sostiene que la cultura lectora está en vías de extinción. Tres son las razones que ella plantea, a saber:
- La falta de hábitos de lectura en el hogar
- Predominio de una educación audiovisual y
- lecturas y análisis realizados en el colegio poco atractivos
En ese sentido, Gallardo sostiene que: “Esta generación de nativos digitales crece sin aprender a descifrar el código escrito e impreso en libros, por eso tiene una capacidad limitada para leer un texto, comprenderlo más allá de lo literal y disfrutarlo”. (Gallardo, 2008, p.7)
Otros autores (Merlo, Peredo y Torre) por el contrario sostienen que los muchachos sí leen, lo que pasa es que lo hacen de manera diferente. En una investigación realizada por ellos en Laredo, Texas llegaron a la conclusión que los muchachos buscan textos breves y cuando son largos, lo leen de manera fragmentada, como en la red y siempre buscan temas que le son afines:
““Los jóvenes oscilan entre el texto breve –las revistas- y el extenso –los libros- pero siempre acorde con un interés específico. Esto es: las revistas cumplen una función de entretenimiento, de acercamiento a la sexualidad, al imaginario del amor, del erotismo y, en suma, de las relaciones humanas contextualizadas e influidas por el mundo televisivo. Las informativas probablemente centran su atractivo precisamente en la brevedad de un saber puntual que otorga cierto grado de conocimiento general”. (Merlo, Peredo y Torre, 2007, pp. 15.16)
Y ahí precisamente radica el aporte que esta investigación quiere hacer. Utilizar las TIC para lograr atraer a estos nativos y lectores digitales hacia el texto literario, proporcionarles las herramientas para que “enganchados” con lo que les gusta aprendan (sin siquiera darse cuenta, a través del juego) puedan interpretar los textos en blanco y negro.
Eso sí, hay que tener en cuenta, como lo mencionan autores como Delgado y Solano (2009) y Jaramillo, Castañeda y Pimienta (2009) que las TIC o algún recurso multimedial por sí solo no marca la diferencia o no hace el cambio. Se hace indispensable modificaciones en el proceso enseñanza-aprendizaje así como la labor del docente dentro del aula. En ese sentido Morduchowiz (1995) afirma:
“Hoy en día el maestro no puede considerarse a sí mismo como la única fuente de conocimiento, ya que el cine, la radio, la televisión, las revistas y los diarios compiten con él. Si bien es cierto que los saberes escolares sistematizados pueden resistir el paso del tiempo (al menos mucho más que los saberes científicos que imparte la Universidad) no es menos imperiosa la necesidad de que el docente integre en su clase información provenientes de otras fuentes”. (p. 9)
Coincido con esos autores, es necesario introducir al aula todos aquellos elementos que son cercanos a los jóvenes, es más forman parte de su realidad, de su contexto. Esto podría resultar una buena estrategia para acercar también el texto literario, que lo sientan, vivo, útil.